La lechería atraviesa un cambio estructural: ya no alcanza con producir más. Hoy el desafío es producir con eficiencia, con estándares crecientes de bienestar animal, con menor impacto ambiental y con gestión profesional. En ese contexto, el Holando, y particularmente el Holando Argentino, mantiene un rol central por su productividad, su respaldo genético global y su capacidad de adaptarse a objetivos modernos que exceden el volumen de leche. Como plantea Horacio Larrea, experto en genética holando, “hoy es un enorme desafío para todos los productores lecheros del mundo el poder crecer o, a veces, intentar mantener sus explotaciones”.
En el artículo explicaremos por qué el Holando sigue siendo estratégico y qué condiciones deben cumplirse para que su desempeño sea compatible con sistemas sustentables y económicamente viables.
¿Qué significa “sustentabilidad” en un tambo?
La sustentabilidad generalmente está relacionada con las dimensiones ambientales, pero también debemos incluir las sociales y económicas. Sin embargo, en la práctica, la sustentabilidad económica es la que sostiene a las demás: un sistema que no es rentable no puede mantener inversiones, infraestructura, capacitación ni continuidad operativa. En lechería esto es todavía más evidente porque el costo es diario y biológico: alimentación, sanidad, reproducción y mano de obra no admiten pausas. Por eso, cuando hablamos de lechería sustentable, el punto de partida realista es la eficiencia: producir más leche (o más sólidos) con menos recursos por unidad de producto.
“El principal objetivo desde lo económico es bajar costos a través de un aumento constante de la eficiencia de conversión, con una mayor cantidad de litros de leche por cada kilo consumido de materia seca”, Señala Larrea
Esa eficiencia se traduce en indicadores concretos (litros por kilo de materia seca, menor tasa de reposición, menos descarte involuntario, mejor fertilidad y mayor vida útil), y además suele mejorar el desempeño ambiental por una razón simple: si el animal produce más a lo largo de su vida con menos pérdidas, el “costo” de mantenimiento se reparte mejor por litro producido.
Esto no es una moda nueva: desde hace décadas el sector viene migrando de “producir más” a “producir mejor y demostrarlo”, especialmente a partir de marcos como el triple impacto y de herramientas de medición que comparan sistemas por unidad de producto (por ejemplo, evaluaciones de ciclo de vida). La discusión moderna no se queda en el volumen, sino que mira cómo se produce: eficiencia alimentaria, manejo de nutrientes, bienestar animal y resiliencia del sistema frente a clima y precios. En ese contexto, los sistemas pastoriles vuelven a cobrar fuerza, no por romanticismo, sino porque el pasto puede ser el alimento más competitivo si se gestiona con precisión.

En este punto aparecen enfoques como el pastoreo racional (PRV) y el pastoreo racional bien planificado: no se trata solo de “rotar potreros”, sino de manejar tiempos de ocupación y descanso para sostener el crecimiento del forraje, proteger la base del sistema y mejorar la cosecha del pasto por el animal. En lechería, esto impacta en costos (menos dependencia de concentrados), en estabilidad productiva (mejor oferta forrajera) y en el suelo (más cobertura y mejor recuperación), que es el activo principal en cualquier esquema pastoril. Cuando se implementa con criterio, el manejo del pasto deja de ser “improvisación” y pasa a ser una herramienta de eficiencia y sustentabilidad.
En la misma línea, el manejo holístico se utiliza como marco de toma de decisiones para ordenar sistemas complejos considerando economía, ambiente y personas de forma integrada, con foco en planificación y adaptación. En lechería, su aporte práctico está en obligar a definir objetivos claros, medir resultados y ajustar decisiones sin caer en recetas universales: lo sustentable no es un paquete fijo, es un sistema que se gestiona para ser rentable, estable y responsable. En síntesis, la sustentabilidad aplicada se logra cuando la eficiencia deja de ser un eslogan y se convierte en un conjunto de decisiones medibles: mejor manejo del pasto, mejor salud y reproducción, y una vaca funcional que produzca más a lo largo de su vida con menos pérdidas.
La eficiencia como eje para reducir costos y estabilizar el sistema
En un tambo, se gana (o se pierde) en detalles que se repiten todos los días. No es solo “cuántos litros se producen”: es cuánto cuesta sostener el sistema para que esos litros existan. Cuando una vaca se enferma seguido, cuando la reproducción se atrasa o cuando el rodeo se desarma por descartes tempranos, el problema no es solo el evento puntual: es la cadena de costos silenciosos que se dispara después. Por eso, el objetivo inteligente no es empujar al sistema a fuerza de insumos, sino volverlo más “fino”: menos fricción, menos fallas, más consistencia.

La reposición es un buen ejemplo de esos costos invisibles. La cría y recría de las vaquillonas es una inversión larga, de paciencia y de bolsillo. Si esas vacas llegan al rodeo y se van rápido, la cuenta nunca cierra del todo. En cambio, cuando la vaca se mantiene funcional (se preña, atraviesa lactancias sin dramas y sostiene producción) la inversión se justifica y el sistema se vuelve más estable. Dicho simple: menos recambio, más continuidad, menos improvisación.
Asimismo, es necesario aclarar que el aspecto ambiental no está separado de lo productivo, sino que están recíprocamente implicados. Una vaca “pesa” en el sistema por el solo hecho de existir: consume, ocupa lugar y demanda recursos. Si produce poco o se descarta temprano, ese impacto se reparte en pocos litros. Si produce bien durante más tiempo, con buena salud y buena conversión, el impacto por litro tiende a bajar.
La parte menos “romántica” pero la más decisiva es que nada de lo anterior sucede por suerte. Los tambos que mejor funcionan suelen tener algo en común: saben qué está pasando antes de que el problema aparezca. Registran lo importante, miran indicadores simples y ajustan a tiempo. Y cuando invierten, no lo hacen por moda: lo hacen donde el retorno es claro (agua, sombra, confort, manejo del barro, flujo de vacas, rutina de ordeñe). Esa es la diferencia entre un sistema que vive apagando incendios y uno que trabaja con control: el segundo no necesariamente hace “más cosas”, hace las actividades clave con constancia.
Bienestar animal: una condición técnica, no un aspecto “accesorio”
El bienestar animal dejó de ser un tema periférico. Su influencia sobre la producción y la reproducción está ampliamente comprobada: vacas con confort, sin estrés calórico y con rutinas estables producen más, enferman menos y se preñan mejor. Los pilares prácticos del bienestar en un tambo suelen ser claros:
- acceso constante a agua limpia y fresca
- dieta adecuada y disponibilidad de alimento sin restricciones
- condiciones de descanso y superficie confortables
- control del estrés calórico mediante sombra, ventilación o aspersión cuando corresponde
- manejo consistente y capacitación del personal para reducir estrés y errores

Muchas mejoras no dependen exclusivamente de grandes inversiones, sino de gestión: estandarizar rutinas, corregir puntos críticos y sostener hábitos diarios de calidad.
“Un animal tan noble como la vaca lechera responde extraordinariamente bien cuando se le dan las condiciones de confort necesarias. Toda inversión en confort animal se repaga claramente gracias a la mayor producción que obtenemos de cada individuo”
Por qué el Holando sigue liderando en sistemas modernos
La fortaleza del Holando no se reduce a su potencial productivo. Su ventaja estructural es la escala global: más registros, más evaluación y mayor capacidad de selección. Esto se traduce en un progreso genético sostenido y más rápido respecto de otras razas, con herramientas que aceleraron esa mejora, como la genómica y los programas reproductivos avanzados. En Argentina, ese trabajo se apoya también en instituciones locales que ordenan información, conectan productores y promueven mejora continua, como la Asociación Criadores de Holando Argentino, que funciona como referencia del sector y fortalece la trazabilidad y la calidad de los registros genealógicos y productivos.
En los últimos años, el enfoque se ha orientado a una selección más equilibrada. Además de producción, se priorizan rasgos funcionales que impactan directamente en sustentabilidad:
- Fertilidad y facilidad de parto
- Salud y menor incidencia de enfermedades
- Resistencia a mastitis y problemas metabólicos
- Estructura funcional (patas y ubre)
- Longevidad y eficiencia
Este punto es central: la genética moderna puede acompañar sistemas sustentables solo si el objetivo no es “máximo volumen” a cualquier costo, sino una vaca más eficiente y durable dentro del sistema.
La expresión del potencial genético depende del ambiente. Un rodeo con genética superior puede fracasar en resultados si el sistema tiene cuellos de botella: nutrición desbalanceada, instalaciones inadecuadas, estrés calórico, mala rutina de ordeñe o falta de registros sanitarios y reproductivos. Por el contrario, un sistema bien gestionado multiplica el impacto de la mejora genética. En términos empresariales, esto significa que invertir en genética sin invertir en manejo es subutilizar capital; y mejorar manejo sin seleccionar correctamente limita el techo de mejora a futuro.
Integración leche-carne: una herramienta de eficiencia y planificación
En muchos sistemas lecheros se está consolidando una estrategia combinada bastante lógica: concentrar la reposición en lo mejor del rodeo y “monetizar” el resto de forma más eficiente. En la práctica, esto significa usar semen sexado y selección genética (idealmente apoyada en datos productivos y reproductivos) para que las terneras de reposición nazcan mayormente de las vacas con mejor desempeño y mayor potencial. Al mismo tiempo, sobre vacas de menor mérito lechero (o sobre aquellas que, por edad o historial, no conviene usar para producir futuras madres) se utiliza semen de razas carniceras. Con eso se logra algo clave: dejar de criar reposición “porque sí” y empezar a criar reposición con intención, reduciendo la proporción de terneras que entran al sistema sin aportar mejora real.
El impacto económico suele venir por varios frentes a la vez. Por un lado, la reposición se vuelve más ordenada: se planifica cuántas vaquillonas hacen falta, se reduce el margen de error y se evita el exceso de recría, que es uno de los drenajes de caja más frecuentes en tambos. Por otro, los terneros cruza con genética carnicera tienden a tener mejor valor de venta o mejor desempeño si se recrían para carne, lo que convierte una parte del rodeo en un generador de ingresos más predecible. Además, al seleccionar mejor las futuras madres, con el tiempo se mejora la eficiencia del rodeo: menos problemas, mejor fertilidad, mejor vida útil y una producción más consistente.

Para que funcione, la planificación es todo. No se trata de “tirar semen de carne” de forma indiscriminada, sino de definir criterios simples: qué animales se reservan para reposición, cuáles se destinan a cruza, qué objetivo se persigue (más sólidos, más persistencia, más salud, más fertilidad) y cuántas reposiciones reales necesita el sistema según su tasa de descarte y su meta de expansión o estabilidad. Cuando esto se hace con disciplina, el esquema aporta estabilidad económica porque integra flujos de ingresos —leche + terneros con mayor valor— y reduce la dependencia exclusiva del precio de la leche, que es justamente lo que vuelve frágil a muchos sistemas.
En términos de eficiencia de recursos, también es una mejora clara: el tambo deja de invertir alimento, tiempo e infraestructura en criar animales “promedio” sin criterio, y empieza a dirigir esa inversión hacia hembras que realmente justifican ser futuras productoras. Así, la recría se vuelve una herramienta estratégica, no una inercia. En un negocio donde el margen se define por decisiones acumuladas, esta combinación (sexado + selección + cruza carnicera) suele ser una de las más efectivas para ganar control, mejorar rentabilidad y elevar el estándar genético del rodeo sin encarecer el sistema de manera proporcional.
El futuro de la lechería será más exigente: en eficiencia, en bienestar, en transparencia y en capacidad de demostrar resultados. En ese escenario, el Holando continúa siendo estratégico por su potencial y por el respaldo de selección genética a escala global. Sin embargo, su sostenibilidad depende de la coherencia del sistema: genética alineada a objetivos productivos reales, nutrición correcta, confort, sanidad, manejo y decisiones basadas en datos.
En definitiva, el Holando puede integrarse plenamente a sistemas sustentables siempre que el enfoque deje de ser exclusivamente productivista y pase a ser integral: eficiencia, funcionalidad, salud y gestión como pilares permanentes.


